jueves, 26 de mayo de 2016

Relato. Primer encuentro... visión de él



Desde que me he subido al coche, no dejo de pensar en verla…

¿Cómo será su olor mezclado con el mío?

¿Cómo serán las marcas de mis manos en su piel?

¿Cómo será oír sus susurros, sus gemidos?

¿Cómo será tenerla?

Sonrío y voy calculando cada uno de mis actos, sus posibles reacciones, intentando neutralizar cada uno de los miedos que me atenazan…

¿Y si no acude?

¿Y si realmente no despierto su chispa?

¿Y si no quiere seguir?

¿Y si somos agua y aceite?

¿Y si no logro conquistarla?

¡Qué más da! Esta vez, voy a verla.

Voy recorriendo los kilómetros, pensando únicamente en sorprenderla, acorralarla y derribarla, sin piedad, ni compasión…he de sorprenderla para que no tenga opción a salir indemne, esta vez no.

Las primeras notas de piano justo antes de ese portento de voz, hacen que mis pensamientos obsesivos se diluyan en un sabor dulce, casi empalagoso; los gorgoritos de Adele, me dan una clarividencia que apabulla.

Ya sé cómo voy a sorprenderla. (Sonrío)

Me relajo en mi asiento y espero impaciente la primera área de servicio, mientras escucho una y otra vez el Some Like You; a los pocos kilómetros, cojo los auriculares, el móvil, el paquete de Marlboro y mis más perversos pensamientos para avivarlos con un cortado con la leche templada (por favor).

Empecemos:

“Te espero en el restaurante Nova a las 22:00 horas” (Sonrío)

Mientras recorro los 200 Km restantes hasta tu ciudad, sin dejar de escuchar a Adele y para contra restar la sonrisa de bobo que tengo tatuada, repaso cada detalle de lo planeado para que no se me escape absolutamente nada, aunque…me doy cuenta de que cíclicamente, siento la necesidad de piel, TU piel.

Me desnudo con toda la parsimonia del mundo y cambio mi actitud en un décima segundo, alimentando mi ego con los primeros acordes de una guitarra carabanchelera rasgada y esa voz tan particular del Drogas que sale a tropel desde el altavoz de mi Iphone

Y es que la piel llama a la piel y no se equivoca
Y es que después del atardecer solo quiero tu boca
Y mi sangre se vuelve cristal, que se quiebra como una copa, cuando siente tan cerca tu aliento y tu cuerpo sin ropa

La ducha del hotel, no me relaja, las sensaciones me desbordan y solo soy capaz de respirar con una forzada pausa para no dejarme vencer por el nerviosismo;  me siento en el suelo de la ducha y cierro los ojos aunque no puedo evitar adelantar acontecimientos y no dejo de verte desde el otro lado de la calle, con esa sonrisa sincera, abierta, nerviosa, pizpireta…y eso me parte en dos, me desarma, me hace temblar; me repito una y otra vez, debes controlarte, debes controlarte…

Preparo la ropa que voy a ponerme con inusual pulcritud y recojo de manera intolerablemente solícita la habitación como si fuese la antesala de un campo de batalla…y si…sonrío.

La bocanada de aire, me devuelve a la realidad y calma mis ansias; recorro las pocas calles que separan mi hotel del restaurante, calculando la hora, para llegar antes que tu; recuerdo el restaurante, pero no sé desde qué punto puedo verte llegar sin que me veas…observo las diferentes posibilidades y me sitúo a unos 75 metros de la entrada, desde allí, no podrás verme, pero yo a ti sí…

Esos 15 minutos que faltan para que llegues, me están matando; desactivo el modo avión y recibo tu aviso de llamada, algo que ya tenía previsto que sucediese y además, sé que pagaré cara mi osadía al bloquear el móvil para que no pudieras oír tan siquiera mi voz tras un mensaje tan impactante. Veremos que tortura me tienes preparada…


Te veo a lo lejos, tal y como he repetido en mi mente, tan solo, un millón de veces, decidida, coqueta, con esa sonrisa tan tuya, tan mía…escribo en el móvil Te vas a quedar en la puerta o vas a entrar? Veo los dos “check´s” y observo como me buscas, sabiendo de antemano que estoy allí, pero sin saber dónde…vuelvo a escribir Pide dos vinos...Enciendo un cigarrillo mientras veo cómo te sientas en la barra y pides dos vinos al camarero, intuyo hasta la mirada de resignación que le lanzas al camarero por saberte sola y pidiendo dos vinos. (Sonrío)

Apuro el cigarrillo, cojo fuerzas y controlo mis nervios, me dirijo hacia a ti, por fin…entro en el local y sin detenerme ni un segundo, me siento a tu lado como una exhalación, seguro, erguido y con esa sonrisa de niño malo que tanto te gusta, mirándote directamente a los ojos.

“¿Nos tomamos los dos vinos aquí o nos vamos a la mesa? No lo has probado aún…” Aprovecho la sorpresa de la pregunta y la desnudez que busca mi mirada en ti, para observarte de arriba abajo y dejar que tu olor me haga perder la cabeza por completo; sin duda alguna, mi sonrisa me descubre y ambos sabemos que se cierne una verdadera tragedia… ¿Empezamos?

Te doy mi mano para acompañarte a la mesa…sí, por primera vez, nuestras manos…aprieto fuerte y respiro hondo…desfilamos por entre las mesas, sin que ninguno de los dos note que va dando pasos, flotamos…

Para tu sorpresa, no me siento enfrente de ti, me siento a tu lado, sí, el camarero nos mira raro y ¿Qué? Esto solo ha hecho más que empezar…

Cojo la carta y pido por los dos, mientras te resumo el viaje relámpago a tu ciudad, para verte a ti. Solo a ti.

Doy un sorbo al vino y me doy cuenta que, hablemos de lo que hablemos, han desaparecido todos y cada uno de los comensales, los camareros, incluso las mesas…no hay nada, excepto tú y yo…y eso, no pienso desaprovecharlo…miro tus piernas y no me puedo reprimir, acaricio tu muslo derecho, con suavidad, con una suavidad tan acusada que es como el tacto del terciopelo…es de ese tipo de caricias, mal intencionadas, que finalizan en un escalofrío, tanto tuyo, como mío; no sé si ha sido tan leve que no te has dado cuenta, me sorprende que no retires la pierna y subo mis dedos, muy lentamente, pero sin detenerme, averiguando, sin querer (o queriendo) que tus medias son de liguero y sigues sin retirar la pierna, incluso juraría que la has acercado más…

Craso error (sonrío).

Cuanto más me des, más voy a querer. Y Si no me lo das, lo voy a coger y lo sabes.

Seguimos con una conversación banal, que ambos sabemos que no vamos a recordar en cuanto salgamos del restaurante; lo verdaderamente interesante, está pasando debajo de la mesa, entre el mantel y las servilletas, entre mis dedos y tu piel, húmeda, caliente, que cada vez se abre un milímetro más a cada caricia curiosa de la yema de mis dedos…Mis ojos, ya han dejado atrás la fase de desnudarte con la mirada, de jugar con tu piel, ahora, solo se dedican a marcarte el alma.

Y subo, sin detenerme, sin prisa pero sin pausa, hasta llegar a tu ropa interior, guardia y custodia de tu sexo, el cual quiero conquistar a toda costa, aquí y ahora. Recorro con dos de mis dedos tus labios, de manera suave hasta llegar al punto más elevado y aprieto levemente, forzando un respingo tuyo al notar como tu clítoris, no se resiste a un ataque frontal y directo, vuelvo a la carga y separo tus labios para empapar tanto tu ropa interior como mis dedos, no sabes dónde mirar, tus mejillas están totalmente encendidas, pero no eres capaz de cerrar las piernas y poner fin al suplicio que te estoy infligiendo, un impulso me hace acercarme los dedos y los olisqueo y los lamo, susurrándote muy cerca de tu rostro “Qué buen aroma…” para que la vergüenza se abrace a ti y no te suelte hasta que salgamos del restaurante y la brisa de la noche en tu ciudad vuelva a poner tus pies en la Tierra.

Ambos despreciamos el postre, porque deseamos otro tipo de postre.

Se me nota demasiado. Mi sadismo está siendo algo más que evidente, mis ojos me delatan, el castigo, me encanta y hoy, lo estoy saboreando…estás contra las cuerdas y no voy a dejar que salgas de ahí, al menos por ahora, las caricias te están matando y ya no sabes ni como ponerte…pero no voy a dejar que te corras, aún no, aquí no.

Al abrir la puerta del restaurante, invitándote a salir, no me puedo resistir y sin dudarlo lanzo mi mano hacia tu culo, dándote una palmadita muy suave, provocándome de manera irremediable una carcajada sonora al ver como das un respigo al no esperar esa acción innecesaria,  pero, aún sin saber por qué, te ha excitado aún más…

Deambulamos por las calles de tu ciudad, presumiblemente sin rumbo fijo, cogidos de la mano y hablando sin parar; no soy hombre de dejar cosas al azar y mucho menos contigo, todo tiene un objetivo y esta noche, no iba a ser diferente al resto de noches que hemos estado al borde del colapso con conversaciones trascendentalmente sexuales.

El camino hacia el hotel, se me estaba haciendo eterno y más sabiendo que no tenías ni idea de cuál iba a ser mi siguiente paso, solo te dejabas llevar; aprieto fuerte tu mano y con paso decidido entramos en el hotel, cruzando como un relámpago el hall, hasta llegar al ascensor, sin casi mirar, aprieto el número tres y te sitúo contra el espejo, como si escenificáramos un paso de Ginger Rogers y Fred Astaire, pero acabando con mi pelvis  incrustada a la tuya y mi pierna derecha abriendo las tuyas, para poder colar mis dedos en tu sexo, apartando la ropa interior de encaje en tan solo un movimiento, para poder sobar tu sexo a placer.

Paro el ascensor. Necesito tiempo (Sonrío).



Mis labios, no dejan de buscar los tuyos, mientras mis dedos, de una manera endiablada, siguen acariciando tu sexo, buscando tu placer, buscando que te cueste hasta tenerte en pie. Noto como tu humedad me empapa los dedos, como te dilatas, como te tensas y no paro, ahora no quiero parar, ahora quiero que te corras, así, junto a mí, agarrándome con fuerza, sin saber ni dónde estás, ni qué está pasando, bebiéndome cada gemido tuyo.

El ruido del motor del ascensor, nos hace recomponernos de manera momentánea, sabiendo que en cuanto nos cobije la habitación, va a ser peor, muchísimo peor.

Recorremos el pasillo hasta la habitación entre risas y susurros, hasta que cierro la puerta, en ese justo instante, nos quedamos callados, mirándonos, de pie, uno frente al otro, como dos niños que no se atreven a tocarse, que no saben si jugar o no…me acerco muy lentamente a ti y te como la boca, te la como porque me muero de ganas de hacerlo, porque no quiero ni puedo evitarlo, porque lo necesito como el respirar y ese preciso instante, el caos, ese caos que tanto miedo nos ha inyectado en vena todos estos meses.

Sin saber cómo, estoy justo detrás de ti, pegado a tu espalda, recorriendo con la yema de mis dedos, tus hombros, tu espalda, bajando la cremallera, jugando con tu piel, tan cálida, tan mía. Sí, por fin mía. Por fin…

Me desnudas sin dejar de mirarme, sin dejar que tan siquiera pueda moverme, el cinturón, la camisa…tus dedos, mi piel de gallina, tirando por la ventana todos y cada uno de mis miedos.

Por más que te cuente qué hicimos, a qué nos llevó todos nuestros juegos, todas nuestras palabras, todos nuestros versos, todos nuestros imposibles, todas las noches en vela, todas nuestras caricias, jamás podré definirlo con toda la pasión, intensidad e ilusión. Imposible poder relatar cuando mi sexo acarició por primera vez el tuyo o cuando entré en ti, una y otra vez o cuando noté como tu cuerpo, tenso, se pegaba al mío como si no hubiera más espacio en todo el universo o cuando tus gemidos me arropaban dándome el calor necesario como para explotar en lo más hondo de tu ser.

No debería recordar cada uno de esos momentos, mientras me voy de la habitación, dejando una nota en la mesita de noche, rogándote que no sufras, que antes de que me eches de menos, estaré a tu lado…

Verte, allí, dormida, tranquila, con el pelo alborotado y nuestro perfume por toda mi piel, me va a quemar el alma.


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